Las drogas repercuten en el ámbito personal, familiar y social

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Las drogas repercuten en el ámbito personal, familiar y social

Estaba en tercer año de la carrera universitaria cuando Claudia conoció a Frank. Parecía ser el amor de su vida, pero resultó su perdición, desde que en una fiesta le propuso, «para disfrutar al máximo», unas pastillas. A partir de entonces comenzó a consumirlas, lo que no solo le costó suspender el año, sino que también la llevó a una sala de terapia intensiva por una sobredosis.

Historias como estas no son frecuentes en Cuba, porque mantiene una política de tolerancia cero frente al fenómeno del tráfico de sustancias prohibidas, y sostiene todo un esfuerzo para evitar que estas lleguen a nuestras fronteras.

Sin embargo, cada día son más variados los métodos de ocultación de estupefacientes por parte de elementos que insisten en introducir droga al país y, aun cuando se perfeccionan los modos de hacer aduaneros en correspondencia con los estándares internacionales para impedir la entrada y comercialización de estas sustancias, en ocasiones llegan a manos de jóvenes como Claudia.

Las drogas son todas las sustancias de origen natural y artificial de efectos sicoactivos, cuyo consumo frecuentemente conduce a la dependencia, con consecuencias nocivas para la salud y la sociedad, de acuerdo con el Boletín semanal de promoción y educación para la salud.

De esa forma, existen las legales: el tabaco, el ron y la cafeína; las de prescripción médica, como algunos sicofármacos, y las ilegales, entre ellas la marihuana, que algunos, erróneamente, consideran inofensiva.

El cigarro y el alcohol son también consideradas drogas porteras, porque quienes las consumen corren el riesgo de iniciarse en el camino de otras sustancias dañinas, de acuerdo con los expertos.

Se tiene la falsa idea de que solamente están relacionadas con ambientes delictivos o marginales, pero no es cierto. Nadie, a ninguna edad, está exento de ser una víctima más; la droga tiene diferentes rostros, incluso el de una universitaria como Claudia, de acuerdo con la máster en Promoción y educación para la salud Damaris Puentes Valle.

La adolescencia y la juventud constituyen las etapas de la vida más vulnerables debido a las diferentes transformaciones biológicas, sicológicas y sociales por las que se atraviesa. «Generalmente lo hacen por inmadurez, curiosidad, la influencia de los amigos o la pareja, o porque se sienten incomprendidos y carecen de carácter para negarse a ingerirla», explicó a Granma Reynaldo Sit Pacheco, Máster en Siquiatría social y director del Centro de Salud Mental del municipio capitalino de Plaza de la Revolución.

En esas edades no existe percepción del riesgo. Por una vez se empieza y de acuerdo con la predisposición genética de cada cual, es decir, de la capacidad de asimilación mayor o menor, una persona puede volverse adicta, comenzando con pequeñas dosis hasta convertirlo en un estilo de vida, agregó Sit Pacheco.

Precisamente, en el Centro de Salud Mental de Plaza de la Revolución, habilitaron en 2012 una consulta de deshabituación infanto-juvenil, donde se le ofrece atención integral al paciente y a la familia. Se trata de uno de los servicios establecidos por el Sistema Nacional de Salud Pública (snsp) para la atención integral a la población con problemas de adicción, en el cual las personas encuentran orientación y apoyo.

Los centros de Salud Mental, los servicios de Siquiatría dispuestos en hospitales pediátricos y unidades especiales, además de la Línea confidencial antidrogas (103), que se extiende a todo el país, son parte de ese engranaje para atender a aquellos que han caído en las redes de la dependencia, pero lo principal es prevenir, y en este sentido lo mejor es no iniciarse en el consumo, como plantea Damaris Puentes Valle.

«La juventud pasa, pero la adicción se queda», afirma la especialista, quien insiste en la necesidad de que ese grupo etario tome conciencia de que se puede disfrutar y divertirse sin recurrir a agentes externos.

En la iniciación o no de esas conductas de riesgo en los jóvenes influyen muchos factores económicos, sociales y familiares.

Odalys Rosales, desde su experiencia, comenta que hay una tendencia a que la familia sea facilitadora del consumo, pues en algunos casos intentan compensar su ausencia en la vida de los hijos suministrándoles gran cantidad de dinero y no se preocupan del fin con que lo utilizan.

Otros padres son muy complacientes y, en vez de ayudar a sus hijos, les compran ellos mismos el cigarro o la bebida, porque creen que es mejor así antes de que lo hagan a escondidas. Ese es el caso de Marlon, estudiante de un preuniversitario del Vedado habanero: «Fumo cinco veces al día. Mi papá, antes que una caja de Criollos, prefiere darme el dinero para una Hollywood verde. Él dice que solo es una etapa».

En ocasiones puede darse el caso de iniciación por conductas aprendidas. Si en el núcleo conviven fumadores, alcohólicos o adictos a otras sustancias, es posible que los menores los imiten, añadió Rosales Domínguez.

«Comencé a fumar a los 14 años, robándole los cigarros a mi papá, creí que eso me haría un hombre igual que él», cuenta a Granma Alexis, estudiante de un politécnico en Marianao.

Resulta primordial que la familia esté al tanto de las amistades y lugares que frecuentan los jóvenes, así como que ante cualquier síntoma o indicio, no los ignoren y busquen a tiempo ayuda antes de que sea más difícil, sugirió la máster Damaris Puentes Valles.

Desde el punto de vista de la sociedad, hay conductas que deben regularse o aplicarse con rigor lo establecido por las normas legales, como son el consumo de bebidas alcohólicas en espacios públicos y el hábito de fumar en estos mismos escenarios, además de la venta a menores de edad de estos productos.

La adicción a las drogas constituye un problema social, por eso en su enfrentamiento se concibe una estrecha relación entre familia, educación, salud pública y medios de comunicación para incrementar las acciones en función de que la población tome conciencia.

No es un callejón sin salida, lo importante es reconocer la enfermedad y tener fuerza de voluntad para someterse a la deshabituación sin abandonar la terapia, agregó Odalys Rosales Domínguez.

Sin embargo, lo mejor es no escoger ese camino, así evitamos el riesgo de extraviarnos y encontrarnos con el rostro de las adicciones.

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